Voló. Y con la punta del pie izquierdo, su pierna menos hábil, hizo lo más difícil. Durmió la pelota. La acarició y la dejó ahí, suspendida, como desafiando las leyes gravitatorias. Y así también estaba él. En el aire. Y antes de que el esférico toque tierra otra vez, mucho antes, con el pie derecho dibujó una vaselina que podría haber sido para el recuerdo. Pero no fue así. La caprichosa lo fue más que nunca y se posó en el techo del arco, cómodamente, como riéndose de lo que podría haber sido una obra maestra del 10. Si la trayectoria hubiera sido diferente, si la pelota en vez de descansar pasivamente arriba, lo hubiese hecho felizmente adentro del arco, el fútbol era feliz. Y cerrar la cancha, no hubiese sido exagerado.
Canción.

